Durante el confinamiento, los supermercados han sido testigos de largas colas, mientras que los pequeños comercios, los mercados y las tiendas de barrio temen por su supervivencia. El profesor de Esic Paco Lorente señala que, con la expansión del Covid-19, una tarea sencilla y rutinaria como era hacer la compra se percibe ahora como una actividad con alta percepción de riesgo. “El miedo y la incertidumbre controlan las decisiones de compra estos días”, desarrolla.

En este contexto, entran en juego comportamientos completamente irracionales. Los productos envasados que se encuentran en las grandes superficies se convierten en los más demandados, explica Lorente, pues transmiten una mayor sensación de higiene. Sin embargo, lo cierto es que esto no es un argumento lógico, pues en este tipo de establecimientos los productos entran en contacto con las manos de varias personas. La propia atmósfera del centro, continúa el experto, puede ser una fuente de contagio al tener una concentración de personas mayor.

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Por otra parte, la posibilidad de centralizar todas las compras en un mismo espacio –y minimizar así el número de exposiciones–, y los precios más competitivos de las grandes superficies son algunos de los argumentos por los que muchos consumidores se decantan por esta opción. Sin embargo, aún queda esperanza para el comercio tradicional: la flexibilidad de los pequeños establecimientos ha permitido que muchos se adapten más fácilmente al nuevo contexto.

Gran parte de las ventas de los pequeños tenderos provenía de la hostelería y, con el cierre del sector, han visto un significativo descenso en su facturación. Por ello, además de extremar las medidas de precaución en sus propios comercios, han lanzado canales de venta alternativos con el objetivo de ampliar su red de clientes. Es el caso del Mercado de Antón Martín, que además de facilitar el pago con tarjeta y reforzar la limpieza de sus instalaciones, ha creado una plataforma para efectuar las compras online, bien a través de su página web, de correo electrónico o por teléfono.

El presidente de la junta del mercado, Antonio Amago, asegura que esta rápida transformación responde al carácter familiar de los establecimientos, ya que muchos de ellos, antes de que lo hiciera el mercado de manera organizada, ya estaban ofreciendo estas facilidades para sus clientes. “Nos estamos acostumbrando a nuevas formas de vender porque no sabemos lo que se nos avecina ni cuánto va a durar”, argumenta el directivo.

Esta atención personal de las transacciones también impulsa que muchos consumidores elijan el pequeño comercio, incluso si no lo hacían antes. “Muchas personas están dispuestas a gastar un poco más en sus compras para que esa persona, el tendero, que al final es tu vecino, siga sobreviviendo”, comenta el presidente de la asociación de comerciantes Costa Fleming, Jorge Galaso. También ellos han incorporado un sistema de venta telefónica o por WhatsApp con entrega en el mismo día. Más allá del aspecto emocional, el responsable de la citada agrupación apunta a una cuestión práctica: el deterioro de los barrios cuando desaparece el comercio. “Los tenderos son los ojos de la calle, dan seguridad”, continúa.

La confianza es un valor fundamental en esta forma de consumo, pues aunque se compre telemáticamente y no se vea el género, “el tendero es una persona a la que vas a poder ver al día siguiente, por lo que te va a ofrecer los productos de la mejor calidad posible”, expone Galaso.

La incursión acelerada en las nuevas plataformas digitales, forzados por el contexto actual, puede ser un catalizador, según expone Lorente, para estos establecimientos. “Es el momento de que el pequeño comercio muestre las ventajas que tiene frente a las grandes superficies”, añade. El profesor de Esic apunta que, aunque no se pueda sacar nada positivo de un momento como este, la solidaridad que se está generando puede ser también una puerta de entrada para nuevos públicos: las personas que realizan las compras para sus familiares. “Los jóvenes están entrando en contacto con el comercio de proximidad como exigencia de los mayores. Ya que han probado la experiencia, volverán en un futuro”, concluye.

Fuente: El País