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Invertir en un nuevo año que arrastra viejos temores

Cada inicio de año ponemos mentalmente el contador a cero. Como si el paso de página fuera algo obligatorio. En el caso del 2018, mi sensación es que el paso de página era algo ansiado. Fue 2018 un año atípico, en el que lo normal ha sido perder dinero prácticamente en todo. Hay que remontarse varias décadas para ver algo semejante. Las sensaciones malas se han visto acrecentadas, además, por dos circunstancias: una, porque ha sido como un jarro de agua fría frente a un consenso de optimismo generalizado a comienzos del ejercicio pasado y dos, porque, además, el peor mes de todos ha sido el último.

Los economistas son (somos) famosos por ser malísimos predictores del futuro, pero se nos da normalmente bastante bien explicar el pasado. Ante un final de año como el de 2018, también en esto segundo hacemos agua.

La mejor explicación que se me ocurre no es una idea mía, sino de Séneca, que decía que “lo dudoso atormenta más que lo malo”, y pienso que es eso precisamente lo que mejor ilustra el sentimiento actual de los inversores.

A los inversores no nos gusta la incertidumbre y, cuando además entramos en bucle, empezamos a dudar de todo: ¿cuánto más puede durar el ciclo actual? ¿Vamos a entrar en recesión? ¿Qué va a pasar con el Brexit? ¿Seguirá subiendo tipos la Reserva Federal? ¿Se acabará rompiendo el euro? ¿Tenemos un sistema financiero bien capitalizado? ¿Hay una burbuja de crédito en China? ¿Cuál será la próxima ocurrencia de Trump? Seguro que ustedes pueden añadir más preguntas. Esta es la parte sencilla.

Lo que no es tan sencillo es encontrar respuestas, al menos no inmediatas, a todas esas cuestiones. Habrá cosas que se resuelvan en los próximos meses, en una dirección u otra. Habrá otras que se acabarán resolviendo, pero a lo mejor no en el año recién estrenado. Por último, habrá cosas que no pasen nunca, con lo que simplemente, no habrá respuesta.

En su nota de comienzos de año, Anatole Kaletsky, uno de esos inversores a los que nos gusta leer, decía que “The market is a voting machine in the short term but a weighing machine in the long term”. Quiere decir que, a corto plazo, los mercados reaccionan, incluso furiosamente, ante eventos no siempre económicos o que tengan que ver con los fundamentales de las empresas, mientras que, en el largo plazo, esto segundo es lo que se impone. Además, movimientos muy violentos, tanto al alza como a la baja, son imposibles de predecir.

Lo que está claro es que el mercado es un buen mecanismo de ajuste y de poner en precio las expectativas, y eso sí lo ha hecho bien. De media, el mercado recortó (de máximo a mínimo) cerca del 20% en 2018 en el caso de la Bolsa estadounidense. Mucho más si el ejercicio lo hacemos mirando sectores concretos, compañías concretas o geografías concretas. En las caídas, los mercados no se paran a pensar y simplemente dan al botón de vender.

Una vez que los mercados ya han caído, lo que nos produce desazón es no saber cuánto más podrían caer. Si lo que más miedo nos da es que la próxima recesión esté a la vuelta de la esquina, tal vez encontremos algo de ayuda si comparamos lo que ha ocurrido ahora con cómo se comportó el mercado en el pasado ante situaciones similares. Si miramos el comportamiento de los mercados en recesiones pasadas, la corrección media de ante una recesión “normal” fue de un 18%, excluyendo de esta media recesiones fortísimas, como la crisis del petróleo del 1973 o la gran crisis financiera de 2008, donde los mercados cayeron mucho más.

Nuestra opinión es que en la reacción que experimentaron los mercados a finales de 2018 ya se han puesto en precio gran parte de las dudas que acongojan a los inversores y es lo que debemos intentar interpretar y aprovechar.

Nuestra visión de mercados para 2019 es que no veremos una recesión en Estados Unidos, aunque sí cierta ralentización del crecimiento; pero lo que no vemos, en ningún caso, es una recesión como la que aún nos duele para los que vivimos el 2008. Es probable, además, que veamos una política más acomodaticia por parte de la Reserva Federal, con lo que el miedo de que sea la Fed “la que mate el ciclo” se irá disipando. Si esto es así, no veremos colapso de los beneficios empresariales, sino crecimientos razonables y compañías que se desenvuelven muy bien en este entorno y que ahora podemos comprar con un importante descuento. Esto nos lleva a mantener nuestra preferencia por la renta variable en este inicio de año.

Si ustedes se dan una vuelta estos días por las calles más comerciales verán las tiendas llenas de personas felices de aprovechar el periodo de rebajas. ¿No debería funcionar del mismo modo la mente de los inversores cuando tenemos precios más baratos?

Podemos tener buenas noticias o buenos precios, pero no las dos cosas a la vez. Ahora tenemos malas noticias y buenos precios. En Europa tenemos una rentabilidad por dividendo del 4,4%, frente a un bono a cinco años que cotiza con rentabilidad negativa (en el caso de Alemania). Este diferencial pocas veces ha sido tan elevado. Tras las últimas caídas, casi todos los mercados cotizan con PERes por debajo o muy por debajo de su media. Cuando hablamos con gestores de fondos, el sentimiento generalizado es que hacía mucho tiempo que no se encontraban con tantas buenas oportunidades para comprar.

Nosotros estamos encontrando buenas oportunidades de inversión en todas las geografías y afrontamos el inicio de año sobreponderados en renta variable, con una cartera global y seleccionando buenos gestores.

Parece que las 12 campanadas marcaron no solo el cambio de año, sino también el cambio de chip en el ánimo de los inversores y estamos viendo cómo en los primeros días de 2019 se están revirtiendo gran parte de las caídas del año pasado. Tal vez muchos hayamos hecho el ejercicio de pensar que es posible que el mercado se haya pasado de frenada a la hora de descontar lo malo.
Tenemos que aprender a convivir con las incertidumbres, pero estar miedoso sine die no es una opción. Nuestro trabajo es tratar de comprender las variables que afectan al comportamiento de los mercados y tomar decisiones en consecuencia.

Una parte de nuestro trabajo es asesorar a nuestros clientes ayudándoles a tomar las mejores decisiones de inversión o prevenirles de que caigan en errores que dan al traste con la rentabilidad a largo plazo de sus carteras. Uno de esos errores típicos es apretar el botón del pánico y vender en el peor momento. Para ello, es muy importante estar a su lado en momentos cómo este y también acompañarles en la travesía. La segunda parte de nuestro trabajo consiste en tomar buenas decisiones de gestión en las carteras, mantener la cabeza fría y aprovechar las oportunidades.

Las mejores rentabilidades a futuro se consiguen cuando combinamos ambas cosas. Veremos qué nos depara el 2019. Quizá hay ya tanto sentimiento negativo, que nos sorprende para bien.

Marta Campello es Socia de Abante Asesores

Fuente: El País

By |2019-01-12T08:15:51+00:00enero 12th, 2019|Actualidad de Empresas, Actualidad Económica, EL PAÍS|Comentarios desactivados en Invertir en un nuevo año que arrastra viejos temores