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La historia de Theranos es una locura, pero también una más de Silicon Valley

Elizabeth Holmes no parpadea. Al menos esa es una de las afirmaciones del documental de HBO The Inventor: Out for Blood in Silicon Valley, estrenado este mes. La joven fundadora de la advenediza empresa de análisis de sangre Theranos, que comparecerá ante los tribunales el mes que viene para defenderse de cargos criminales de fraude, se ponía hace apenas cinco años al timón de una tecnológica de la salud con un valor de unos 9.000 millones de dólares en el mercado privado. La película de Alex Gibney documenta su rápido ascenso y caída. Es una historia de extremos, pero subraya la propensión del Valle del Silicio a tolerar –y financiar– a soñadores demasiado ambiciosos y auto-engrandecidos.

Holmes fundó la compañía en 2003 pero irrumpió en escena en 2014, engalanando la portada de revistas como Fortune como una rara incorporación femenina al cuadro de empresarios tecnológicos. Para entonces ya había empezado a fabricar sus llamadas máquinas Edison, que, según ella, podían analizar sangre a demanda con un solo pinchazo y un pequeño frasco, apodado nanotainer (nanotenedor, de contenedor y nano), en lugar de tener que visitar a un flebotomista para que llene tubos de sangre con una aguja.

Era una idea muy atractiva y Holmes ensalzaba los beneficios de “hacer el bien”. Su manera menos invasiva de sacar sangre animaría a la gente a hacerlo con más frecuencia para detectar antes problemas de salud. Formó un consejo en Theranos con exestadistas de edad avanzada, como los exsecretarios de Estado Henry Kissinger y George Shultz, por no mencionar los más de 750 millones de dólares que captó en capital privado. El problema era que incluso después de todo ese tiempo y dinero, Holmes no pudo hacer que la tecnología funcionara.

El documental pasa tanto tiempo tratando de explicar a Holmes como a Theranos. La describe adoptando los rasgos de empresarios famosos, en particular Steve Jobs. Al igual que Bill Gates, dejó la universidad –la Universidad Stanford– para fundar su empresa. Eligió usar polos negros de cuello alto como una especie de uniforme, igual que Jobs. La idea, decía, era ahorrar energía. Tenía una relación de pareja con Ramesh Sunny Balwani, que se convirtió en su adjunto en la empresa.

Sin embargo, la máquina Edison no funcionaba para casi ninguna de las pruebas que ofrecía Theranos. Los resultados que daba la empresa a los pacientes eran inexactos, según los entrevistados en el documental. Y los denunciantes, incluido Tyler, nieto de Shultz, afirman que la compañía hizo todo lo posible por ocultar sus fallos.

Silicon Valley cree en el fracaso, y muchos empresarios y startups tienen que aguantar durante años o pivotar, como les gusta decir, en nuevas direcciones antes de tener éxito (o darse por vencidos). La diferencia con Theranos, podría decirse, era de grado: el uso de tecnología imprecisa en pacientes vivos cruzaba algún tipo de línea, y en cierto momento el encubrimiento se convirtió en algo más que un caso de fracasa hasta que lo logres.

Hace un año, Holmes pagó 500.000 dólares a la SEC para compensar los cargos civiles de fraude. El día 22 está programada su comparecencia ante los tribunales para defenderse de cargos penales presentados por el Departamento de Justicia de EE UU, que alega que ella y Balwani cometieron fraudes que conllevan una pena máxima de 20 años de prisión. Mientras, se ha prometido con el heredero de un negocio hotelero Billy Evans, según varios medios.

La película aborda la culpabilidad de Holmes. El economista conductual Dan Ariely sugiere ante la cámara que las personas son más propensas a creer en sus propios adornos –incluso pasan un test de detector de mentiras– si piensan que están ayudando a una causa necesitada. Holmes afirmaba, en muchas apariciones públicas destacadas en el filme, que Theranos no solo estaba reformando el sistema de salud, sino que también salvaba vidas.

Esa parte de la misión podría haber tenido éxito si Holmes hubiera perseguido sus otras ideas rompedoras. En 2015, el estado de Arizona comenzó a permitir que los pacientes se hicieran análisis de sangre sin que lo tuviera que solicitar un médico conforme a una nueva ley influida por Holmes. Luego, Theranos ofreció la posibilidad de encargar análisis de sangre a la carta. Los estudios llevan más de una década ensalzando los beneficios de que los pacientes se involucren más en sus propias decisiones médicas. Es un germen de una idea que podría haber prosperado, si se hubiera cultivado.

Es divertido jugar, como hace la película de HBO, con preguntas sobre el significado del genio y el género de Holmes en la historia. La película la considera culpable de al menos una cosa que se considera una virtud en la mayor parte de Silicon Valley: creer que su propia pasión y fuerza de voluntad podrían superar los desafíos de la ciencia. Es el espíritu que puede llevar a alguien a poner el acceso a internet en un dispositivo portátil, por ejemplo, o a reinventar el negocio del automóvil.

Como señala Ariely, si la gente no tuviera este tipo de confianza en sí misma, el mundo nunca habría tenido la penicilina. En cuanto al dinero, es la naturaleza del capital riesgo que unas pocas inversiones ganen a lo grande, mientras que el resto pierde casi todo. Si el Gobierno de EE UU puede demostrar que Holmes fue demasiado lejos e infringió la ley, pagará por ello. Pero eso solo es un pequeño paso más allá de ser uno de los muchos empresarios que fracasaron antes de poder tener éxito.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

Fuente: Cinco Días

By |2019-04-07T19:22:29+00:00abril 7th, 2019|Actualidad de Empresas, Actualidad Económica, Cinco Días|Comentarios desactivados en La historia de Theranos es una locura, pero también una más de Silicon Valley