Hace ocho años, Mario Draghi se estrenó en el BCE con un puñetazo sobre la mesa. A los dos días de llegar a la presidencia, sorprendió con la primera de sus muchas bajadas de tipos. Christine Lagarde no ha querido emular a su antecesor. Tras su primer Consejo de Gobierno, dejó ayer todo tal y como lo había dejado su predecesor, que en septiembre lanzó casi a la desesperada una batería de medidas para animar la actividad. Lagarde llegó a Fráncfort con una buena noticia en el bolso: por primera vez en muchos meses, el BCE ve síntomas esperanzadores y cree que el empeoramiento de la economía empieza a remitir.

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El BCE de Lagarde echa a andar con cautela. Deja los tipos de interés intactos -0% para el de referencia, y una tasa negativa del 0,5% para los bancos que depositan fondos en las arcas del eurobanco —y mantiene el ritmo de compras de bonos -20.000 millones al mes, susceptibles de aumentar si las cosas se tuercen aún más—.

En realidad, nadie esperaba otra cosa de la reunión del jueves. Lagarde llega al BCE tres meses después de que Draghi impulsara una batería de medidas que costó sacar adelante por las dudas sobre los tipos negativos, cuyos efectos preocupan a un número creciente de responsables de la política monetaria europea. Y desde entonces la situación ni ha empeorado tanto como para justificar nuevas inyecciones monetarias, ni ha mejorado como para desandar el camino recorrido. «Es aún pronto, pero creemos que su estilo se parecerá más al de Trichet que al de Draghi, es decir, se dedicará más a forjar consensos que a forzar decisiones», resumen en una nota los analistas de Pictet Wealth Management.

Lagarde puede aparentar calma, pero tiene una agenda repleta de asuntos espinosos. En primer lugar, porque la eurozona no acaba de despegar. El BCE está muy lejos de conseguir que la inflación se sitúe cerca del 2%. Y las dudas en torno a la capacidad del organismo de cumplir su único objetivo hacen mella en su credibilidad. La economía, además, se ha estancado. Y aquí Lagarde insistirá en un mensaje que tanto ella como Draghi llevan tiempo lanzando: la necesidad de que los Gobiernos se involucren con una política de gasto adecuada, visto que la política monetaria es cada vez menos efectiva.

Convencer a los inversores

Es aquí donde la nueva jefa del BCE choca con su primer gran dilema: ha de convencer a los inversores de que aún dispone de herramientas para hacer cumplir el objetivo de estabilidad de precios, pero al mismo tiempo recuerda a los Gobiernos que su margen de maniobra está muy cerca de agotarse, que el BCE prácticamente ya no da más de sí.

Se espera que Lagarde dé también alguna pista sobre la revisión estratégica en la que ha embarcado al organismo donde acaba de aterrizar, la primera desde 2003. Será el momento de redefinir el objetivo: ¿lo mantiene en el «cerca pero por debajo del 2%»?, ¿lo deja en un simple 2%, como reclama la mayoría de palomas del Consejo de Gobierno?, ¿o incluso lo flexibiliza para asegurar su cumplimiento, tal y como piden los halcones?

Otra piedra con la que ya ha chocado la presidenta es su personalísimo proyecto de involucrar al BCE en la lucha contra el cambio climático. Nada más ser elegida, Lagarde insistió en la necesidad de que el organismo se involucre en el posiblemente sea el gran reto europeo -y mundial- en las próximas décadas. Su propuesta, todavía no concretada, ha levantado críticas entre muchos banqueros centrales, que recuerdan la falta de legitimidad democrática del organismo para interferir en temas políticos y alejarse de su mandato de estabilidad de precios. Más aún cuando hace ya muchos años que este mandato no se cumple. «Que los bancos centrales no se distraigan con la idea de salvar el planeta, y se centren en su objetivo», reclamaba hace unos días el exvicepresidente del BCE, Vítor Constâncio.

Fuente: El País